Veo que lo seguis con interes, venga que traigo mas
Por la semana, mi padre me recomendó buscar un trabajo. Un íntimo amigo de mi padre, me ofreció trabajo de oficial de primera en el recinto en donde, más adelante, se celebraría la Semana Verde de Galicia. Eran muchos kilómetros entre ida y vuelta, pero bueno, cobraba 200.000 pesetas al mes.
Durante aquella semana, carretera nacional y música era lo único que me acompañaba. Aunque a veces, algún que otro coche se me pegaba a la defensa para divertirse. La mayoría de coches que se me pegaban, me daban por todos lados en carretera abierta.
Por la semana, me crucé con Casares por la capital:
-
¡Buenas! - me saluda.
-
¡Buenas noches! - le saludo.
-
¿Vienes tomar una copa? Invito yo. - me pregunta Casares.
-
Vale, ¡tampoco tengo mucho qué hacer!Me dice que lo siga y paramos en un bar, cerca de la muralla, aparcamos los coches y entramos dentro. Me invita a un par de cremas y al acabar, mientras abro el Fiesta para irme, me dice si lo puedo acompañar a un sitio. Acepto, me dice que deje el Fiesta y vaya en su Cosworth.

Llegamos a un bar, aparca en frente y Casares saca un maletín del maletero, me dice que le acompañe adentro. El bar, no era un bar cualquiera, era un bar gay, vamos, todo travestis.
-
Tápate el culo, por si acaso. - dice Casares riéndose, mientras se pone unas gafas de sol.
Entramos y bueno, me tocaron el culo un par de veces. Subimos a un despacho, encima de la pista de baile y nos encontramos con el dueño. El dueño se llamaba Richy, debía de tener la edad de mi padre y se le notaba la pluma a kilometros de distancia.
-
¡Hola Carlitos! ¡Aaaaaay! Me traes compañía, ¡genial! - decía Richy.
-
Deja al chavalín, maricón. Aquí te traigo ésto de parte de Paquiño, lo demás ya lo arregláis vosotros. - le dice Casares, mientras saca un fajo de billetes del maletín.
-
Déjalo encima de la mesa y presentame a tu amigo ¡por Dios! - decía Richy acercándose a mí, lo llevaba esquivando todo el tiempo, desde que entramos en el despacho.
-
A ver, ¡déjame en paz me cago en Dios! - le dije empujándolo.
-
Bueno, tampoco hace falta que te pongas así, ¡maricón! - decía Richy.
Richy saca una botella de whiskey y nos sirve una copa:
-
¿Qué tal te trata la vida Ricardo? - le pregunta Casares, mientras se hace un porro.
-
¡Aaay! Fataaaal maricón. Ayer le dieron una paliza a mi chico y está en la residencia.
-
A tu chapero dirás. - le replica Casares.
-
Bueno, llámalo como quieras. Pero te tengo que pedir un favor, ¡quiero que te enteres de quién fue y que le des otra paliza, pero más gorda!-
¿Y yo, qué saco de todo ésto? - le dice Casares, cortando la china para el porro.
-
Bueno mariconazo. Te he conseguido de todo en éstos años que llevamos trabajando juntos.
Un favor, no me lo negarás.
-
¡Mira, no me jodas Ricardo! En éstos tres años no he visto un puto duro de tu parte, aún me acuerdo de cuando te recuperé los altavoces de la macrofiesta Travesti, los que te robaron los gitanos, hace un par de años. Muchas buenas palabras por tu parte, pero ni mil pelas me diste. - le dice Casares, mientras le saca el filtro a la colilla de un cigarro, para el porro.
-
Bueno, te doy diez mil pesetas. - le ofrece Richy.
-
Cincuenta mil y cerramos ahora mismo. - le replica Casares.
Richy acepta, salimos y nos montamos en el Cosworth.
-
Pablo, los altavoces se los robé yo. - decía Casares descojonándose.
-
¡Qué hijo de p#%@! - decía yo, también descojonándome.
Me lleva junto al Fiesta, son las dos de la mañana y mañana trabajaba, así que a casa zumbando.
Al día siguiente, volvía de trabajar y me disponía a volver a casa, pero me encontré con Elena. Paré junto a ella, que estaba sentada en un banco de la plaza, fumando un pitillo mirando para ninguna parte.
-
¡Hola chica! -
Hola Pablo, ¿qué tal?-
Si yo te contase. - le respondí a Elena.
Le conté lo que me había pasado el día anterior en el bar de travestis, se estuvo descojonando mucho tiempo, hasta que se puso seria:
-
Pablo, aléjate de Casares, te estás metiendo en malos rollos. ¿Eso del dinero del maletín, a que venía?-
Yo que sé, Elena. Por ahora, sabes perfectamente que ando con él, por el rollo de los coches. - le respondo.
-
Aún te vas a meter en un lío.
-
No seas gafe anda. - le respondí riéndome.
-
No es ser gafe, Pablo. Cualquier día, imagínate, te pillan con él con esa cantidad de dinero, o peor, con una de esas cajitas, cómo aquellas que tenía en su casa llenas de porros. - me dice, con cierto tono nervioso, pero sin gritar ni nada parecido.
-
No me toques los cojones Elena, me se cuidar bien. Hasta ahora, nunca me ha pasado nada malo. - le repliqué, enfadado.
Me largué de allí, por un momento me recordaba a mis padres. Pero si fuese otra persona, no me iría, me tocaba más los cojones que fuese Elena quién me replicase las cosas.
Llegué a casa, al rato, Miguel me timbró en casa:
-
Mamón, ¿vienes al Miami? He pasado por allí y estaba Casares, me dijo que te viniese buscar para ir allí. - me dice Miguel.
-
Vale tio, ahora me cambio y vamos en el Fiesta.
-
Perfecto, dejo el 205 en casa y pasa a buscarme, ¿de acuerdo?Acepté de ir, en parte, por lo que me replicó Elena, y otra, porqué al día siguiente no trabajaba. Me cambié y fui a casa de Miguel.
-
¡Vamos a comernos el mundo! - decía Miguel subiendo en el Fiesta.
-
Menos lobos, caperucita. ¡Qué desde que cerraron la Sala 13, ya no eres el de antes! - le decía riéndome.
-
Bueno, pues hoy lo volveré a ser. - decía riéndose.
No le conté nada de nada, de lo que pasó el día anterior con Casares y el bar de travestis. Llegamos al Miami, aparco al lado de Casares y nos vamos adentro.
-
¡Coño! ¿Qué tal, mariconazo? - decía Casares.
-
Nada, ¡aquí andamos tio! ¿Qué tal el Cosworth? - preguntaba, intentando desviar lo de "mariconazo", para que Miguel no extrañase.
-
Bueno carallo, ¡está ahí afuera! Después te dejo conducirlo, ¡qué parece que te importa más que a mí!-
No te quejes, Pablo. - decía Miguel, guiñándome un ojo.
-
Camarero, tres cremas por aquí. - pedía Casares.
Nos sentamos en una mesa y empezamos a hablar. En la conversación, Casares decía que nos daba sacado piezas para el coche, tiradas de precio
-
Pues tengo un colega en un taller (uno de los talleres más caros de Lugo, vivía de la fama que tenía en la preparación de coches de competición)
que me saca unos precios cojonudos. Si queréis, saco algunas cosas para vosotros.
-
Necesito un grupo corto para el Fiesta, pero conservando el autoblocante. ¿Se podría mirar, no? - pregunté.
-
Yo, necesito unas llantas nuevas, unas monoblock o algo así. - decía Miguel.
Salimos de allí contentos como nadie, Miguel se frotaba las manos pensando en las monoblock que se iba pillar y yo también, en el grupo corto autoblocado. Pasaron unos dias hasta que nos avisó Casares. Miguel montó sus llantas en el taller de Casares, y yo me pasé a recoger el grupo corto, para montarlo en mi taller.
Por el momento, la vida nos sonreía. Mi Fiesta andaba que se mataba con el grupo corto y Miguel, fardaba todo lo que podía de sus nuevas llantas. Tenía trabajo, me sobraba el dinero y me lo pasaba de cine con el rollo de los coches, con Casares y la peña.
Con el grupo montado en el Fiesta, por tramo, el coche era un puto avión. Ahora, yendo a trabajar por nacional, ¡Dios Santo! Lo que consumía el puto coche.
Tema aparte, me crucé con Elena. Paré a su lado y le pedí por favor, que se montase en el Fiesta:
-
Discúlpame por lo del otro día. Estaba muy estresado, entre el trabajo a cien kilómetros y las movidas de Casares, ¡no doy abasto tia!-
¡No hace falta que te disculpes, Pablo! No soy nadie para decirte lo que debes hacer.
-
Sí que lo eres Elena, me conoces desde siempre. Has compartido conmigo algunos de los momentos más emocionantes de mi vida, ¡cómo lo de la Guardia Civil y el 124! Y lo más importante, no te chivaste de nada. A mis ojos, eres diferente a las demás chicas del pueblo. También decir, ¡qué me vuelven loco las morenas!
-
Gracias Pablo. - respondió Elena, mirándome a los ojos fijamente.
-
Y ahora, ¿qué te parece si escapamos de la Guardia Civil otra vez? - le dije, guiñándole un ojo.
Nada más acabar de guiñarle el ojo, Elena se abalanzó encima mía, empezamos a besarnos y a magrearnos. Estuvimos unos diez minutos besándonos en el Fiesta, hasta que la aparté suavemente:
-
¿Qué haces? - decía Elena, pasándose la mano por la boca.
-
Lo correcto, ¡qué si no reviento la bragueta del pantalón!Bajé del coche, con la excusa de ir a mear. Crucé la esquina y lo primero que hice, ¡fue saltar cómo un imbécil en medio del pueblo!
Entre pitos y flautas, pasó todo el verano. Cuándo empecé a salir con Elena, desconecté mucho del rollo "A Machete", al acabar las vacaciones, Elena aprovechó su beca en la Universidad de Santiago y fue allí a estudiar, naturalmente, volví a andar con Casares.
-
Bueno, ¿al final te zumbaste a la morena? - me decía Casares, riéndose.
-
¿Tu qué crees? - le contesté.
La verdad, desde que comenzamos a salir, estuvimosf0$||4ndo como animales, no había día que no me librase ni yo, ni ella. El tema del trabajo, estuve de vacaciones dos semanas, en Agosto. Aproveché para ir a la playa de las Catedrales con ella. Desde Mayo que compré el Fiesta, le hice 40.000 kilómetros en total, una p#%@ burrada. Elena se sacó el carné y anduvo con mi Fiesta hasta que se fue a Santiago. Me ponía cachondo verla conducir mi coche, en serio.
Como ya dije, mientras ella estaba en Santiago, yo volvía a andar con Casares. Esta vez, el rollo había cambiado, Casares ya se iba controlando, apenas vendía porros y se relajó con el tema de las carreras. Miguel, también había cambiado, se echó una novia (vaya novia, tal para cual, una gorda insoportable) y apenas andaba con Casares y conmigo. Según me contaba Toño y Josito cuando me los cruzaba, la novia le prohibía andar con cierta gente, y alguna de esa gente, debíamos ser nosotros.
Un fin de semana, quedé con Casares, convencí a Elena de que viniese (volvía los fines de semana a Lugo). Le conté que Casares ya no vendía porros y ya era un tipo formal. Aceptó, pero no contenta del todo. Llegamos al pub aquel, tipo años 30, en el que tomáramos algo hace unos meses.
-
¡Buenas noches, chica! Pablo no para de hablar de ti. - dice Casares, me corté de tal manera al oír aquel comentario, que no reaccioné a saludarle.
-
¿Qué tal Casares? Pablo también me habla de ti y ¡mucho!-
No sabía eso, pero lo nuestro es un amor imposible Pablo, ¡lo siento! - decía Casares, riéndose.
-
Vale. - decía Elena, riéndose.
-
Bueno, basta de cachondeo, ¿tomamos una copa? - replica Casares.
Estuvimos tomando una copa, la noche salió muy bien. A Elena, le volvía a caer bien Casares. Al final de la noche, Elena volvió a coger el Fiesta. Sobra decir, lo que pasó después.